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¿QUÉ CARRERA PENSÁS QUE JUGARÁ TU HIJO?

por Emiliano Torresani

 
 
 
 

Si llegaron hasta aquí quizá alguno ya me conoce, soy Emiliano Torresani, arquero y entrenador de arqueros.
Mi presentación es en ese orden porque así es como lo siento, y como lo vivo. Sigo atajando por pasión y entrenando arqueros por profesión, ya que uno y otro se alimentan y conviven.
Y no es solo por el hecho de vivenciar las realidades que verán mis arqueros en sus próximos entrenamientos que yo también me entreno (normalmente haciendo algunos entrenamientos antes lo que harán los chicos y grandes del CEPAF TodoArqueros), sino porque me di cuenta tarde de que todavía no había empezado a desarrollar mi propia carrera.
Si bien, en este 2016 que estamos transitando yo voy a estar cumpliendo mis 20 años desde aquel juvenil debut en primera división el 20 de octubre del ’96 con apenas 16 años, no fue hasta el 2008 que me di cuenta de que no había jugado mi propia carrera deportiva. Este llamado de atención lo hago llegar a cada grupo de arqueros que entreno desde el 2009 en el CEPAF TodoArqueros, que sientan y sepan que lo que están jugando es suyo, de nadie más.
El sueño claro que tengo hoy es que quiero festejar mis 25 años de carrera dentro de una cancha antes de retirarme, lo que siendo ya entrenador de arqueros, a algunos no les cierra como idea que se pueda llevar a cabo.
Entonces, por qué sigo con esta locura sería la pregunta. Pues bien, les voy a contar y seguramente muchos se sentirán identificados.
 
Cuenta la leyenda que don Ernesto “Fucho” Torresani era un muy buen arquero de la zona de Berisso y alrededores, que vio truncada su carrera allá por sus 20 años ante una lesión de cadera que no le permitió jugar más a nivel clubes. Este Fucho Torresani no es otro que mi papá, a quien perdí físicamente hace un año. Posiblemente la cercanía de la fecha me haga pensar más tiempo de lo común en cuestiones relacionadas al “legado” y siendo hoy padre y entrenador de arqueros lo quiera hacer llegar a todo aquel que se anime a seguir leyendo.
 
El pequeño Emiliano, inquieto como pocos (o como todos, pero siempre era necesario que se vea que los demás chicos eran más tranquilos, más ordenados y más educados que yo para que “aprenda de ellos”) se pasaba las tardes jugando solo en ese enorme patio de la casa familiar, corriendo entre ciruelos, naranjos, limoneros e higueras y bajando cuanta flor había a pelotazos. Esto se veía alterado con la llegada de cada amigo de mi papá, a quienes el pequeñito tomaba de la mano y lo llevaba al patio para que le pateara usando como arco una cabina de gas.
Los años fueron pasando y Emiliano ya no era tan chiquito pero seguía siendo inquieto, entonces lo llevaron a que despuntara el vicio de una manera más civilizada, y fue ahí donde conocí mi primer arco de verdad en el Club Atlético Estrella de Berisso.
 
Hasta acá todo normal, la historia de siempre, para que no moleste en casa lo llevamos a que haga deporte y como los amiguitos del barrio lo quieren para que ataje en el club donde van ellos, allá lo llevamos. Recuerdo aún y si cierro los ojos puedo revivir la escena cuando Ángel Rotondo le preguntó a mi papá de qué jugaba y él le dijo “ARQUERO”. Si, en efecto a mi me gustaba mucho atajar, aunque de tanto jugar solo también me las arreglaba bastante bien para manejar la pelota, pero como se había dicho, en esos primeros meses del ’88 me convertía oficialmente en arquero de fútbol.
 
Desde ahí y por los próximos 5 años fui acompañado a sol y sombra por mi papá y siempre que existiese la posibilidad por el diseño de la cancha donde me tocara jugar, detrás de mi arco estaba Fucho.
Recién acá podemos decir que comienza la historia, ya que ese hombre que estaba detrás del arco empezó a proyectar su frustrada carrera en ese gordito simpaticón que se desvivía por que no le hicieran un gol. Cada final de partido venía acompañado por el “resumen del juego” en donde escuchaba los errores y no los aciertos, en donde había múltiple correcciones y  casi ninguna felicitación. Eso, en un nene de 8, 9 o 10 años que realiza un deporte, es muy peligroso. Genera una muy baja tolerancia a la frustración y hace que por ejemplo, sufra y llore ante un gol en vez de verlo como parte inevitable del juego, que él busca evitar, si claro, pero que puede llegar alguna vez.
Y si puedo hilar fino, yo fui mi primer arquero entrenado, ya que en aquella cancha de Estrella de Berisso, ponía dos bolsitos a unos cuantos pasos de distancia y ahí me tiraba para un lado y para el otro sin pelota como me contaba mi papá que hacía él de chico para entrenarse.
Pasaron las infantiles, llegó el desafío de ir a un club de AFA y encima ser el club del cual toda la familia es hincha. Jugar novena y octava división en el Club de Gimnasia y Esgrima La Plata era ya en sí un sueño cumplido, haber salido campeón en novena para Liga del Sur más aún, pero la cabeza de un chico al que lo convencieron de que siempre le iban a “faltar 5 para el peso” suele ser muy difícil de manejar. Ocurre que ante la presión de las personas que son para nosotros referentes en nuestra vida, ante las altas exigencias de perfección, uno jamás logra entender excelencia (dar todo lo que tengo para dar hoy) y se frustra.
Haber llegado a la selección infantil de LIFIPA no era suficiente, jugar en Gimnasia no era suficiente, siempre había algo que no terminaba de cerrar y la felicidad de jugar se truncaba en el incumplimiento de las expectativas ajenas, que al ser de nuestro propio papá se hace imposible evitar y en cierta manera es una sentencia más que un objetivo.
 
Viaje a Mar del Plata, cambio de mundo, cambio de relaciones de un chico de 15, mismo objetivo, ATAJAR. Pocos meses después, con 16 años y un par de meses llega la oportunidad y debuto en el arco de Unión de Mar del Plata. Todo un logro, un sueño cumplido, varios partidos en primera en el 96, prácticamente todo el torneo del 97, sumando experiencia, sabiendo que el camino estaba bien..., pero.....
 
Lo que caracterizaba a aquel muchachito por entonces de buen físico (luego se frenó el crecimiento y los años lo dejaron como un arquero bajo para la alta competencia con sus 175 cm), era lo atrevido para jugar detrás de sus defensores, tanto que Roberto Gonzalo y el propio Delem lo llevaron a probarse a River Plate. Debía ser un gran paso, pero las presiones no te dejan ver el camino. Muy bueno arqueros en el club, categorías completas y arqueros de selección te dejan a un costado, pero en vez de proponer un crecimiento, seguir, empieza a sonar una idea tremenda en cualquiera que ama lo que hace “ya está, hasta acá llegaste”.
Lo peor es cuando no te lo dicen directamente sino que buscan que te des cuenta de lo que ellos creen que es la realidad, su realidad.
Vuelta a los pagos, Berisso vuelve a ser mi lugar. Villa San Carlos es mi nuevo club, por entonces en Primera D. La vara tan alta hace que pienses que tu lugar es la primera sin ver que tenés 18 años recién cumplidos y decenas de años por delante, el problema no es ese porque cualquier jovencito se atropella en el ímpetu de lograr más y seguir creciendo, el problema es que los que deberían aportar la experiencia y la claridad no la tienen y no acompañan, empujan.
1999, Estrella de Berisso me vuelve a recibir y logro mi máxima conquista en años, salir campeón, ascender con Estrella atajando en primera y devolver al club que me vio nacer al lugar que se merece. El año soñado, con muchos logros, grandes partidos, pero.....
En una charla en casa, mate de por medio como no podía ser de otra manera, le cuento a mi papá que de tanto haber jugado al basquet en mi infancia y adolescencia (sin ser bueno, obviamente) aprendí a desarrollar la visión periférica, es decir, fijar la vista en un punto y tener una visión más o menos clara de lo que pasa en 180 grados de ese objetivo. Lamentablemente no lo apliqué aquella tarde del partido frente a Malvinas, pelotazo directo al penal desde el círculo central, era cuestión de avanzar rápido y quedarme con la pelota, salvo que en el camino se cruzó el 9 rival para peinarla y dejarme en ridículo en medio del área grande. Lo peor no fue eso, fue que cuando salí de la cancha mi papá me estaba esperando con un “menos mal que tenías visión periférica”.
 
 
2009 me encuentra jugando en River de Mar del Plata, luego de un muy lindo paso por las filas de El Cañón de la misma ciudad, atrás quedó un paso infructuoso por otra decena de pruebas y haber estado como suplente en Alvarado en el 2002 sin poder disputar ningún minuto de aquel Argentino B. Con 28 años seguía soñando con jugar por algo y la Liga de Mar del Plata era mi destino. Ahora, ya siendo padre de dos criaturas, siendo esposo pero nunca dejando de ser arquero me encontraba buscando otras respuestas en mi interior para darle sentido a todo el camino ya recorrido. Y ese año fue clave para que empiece a ver esto de lo que les estuve hablando todo este tiempo. Ya no era el arquero que salía a todos lados y cubría toda el área en cada pelota aérea, ya no era el intrépido que salía jugando o como último hombre cortaba las pelotas detrás de los defensores; claro, había querido ser más “seriecito” para poder conformar a los directores técnicos que en aquellas épocas de Chilavert y Navarro Montoya esperaban arqueros que patearan mejor de lo que atajaran y que hicieran la de Dios antes que volarán espectacularmente. La clave está en la palabra conformar.
 
En alguno de esos momentos, entrenando y viendo que otra vez volvía la sensación de que me faltaban 5 para el peso, que me costaba salir a los centros y que no me divertía tanto como antes, mi cabeza hizo un esfuerzo extraordinario y sacó el archivo correcto en donde estaba el error que hizo fallar por tantos años la maquinaria: “menos mal que tenías visión periférica”.
 
Obviamente no era la frase en sí, sino lo que la frase y quién me dijo la frase genero en la mente. La mente se encargó de hacerle creer al cuerpo que no lo iba a lograr, pero el cuerpo le creyó y así se me diluyeron las chances lógicas de lograr cosas importantes con el fútbol, o al menos tener una carrera interesante.
 
2011, luego de la final jugada con River el año anterior y del cambio de cuerpo técnico quedo desafectado vaya uno a saber por qué y me vuelve aquella maldita idea “hasta acá llegaste”. Y me lo vuelvo a creer. El tema es que en ese año ya estaba consolidando mi sueño del CEPAF que había empezado en 2009 y ahí sonaba fuerte la voz de uno de mis mentores “no se puede ser arquero y entrenador”, tenía razón, si pero cuando uno recién empieza a vivir su propio camino, sin que pese la historia y lo “heredado” es difícil oir a la razón antes que al corazón.
 
Diciembre de 2015, se termina el año, por fin disfruto de jugar al fútbol en un lugar en el que me hacen sentir parte de la familia, Parque de Deportes Labardén. Llegamos a la final y me encuentro pasando la noche previa concentrado en el pueblo para llegar en óptimas condiciones al partido definitivo. Me despierto con la noticia del fallecimiento de abuela, mucho para cualquiera perder al padre y a la abuela en el mismo año, a nosotros como familia nos tocó, a mí me tocó en dos fechas importantes, en el inicio del CEPAF, el 27 de febrero fallecía mi papá, y el 27 de diciembre, el día de la gran final, fallecía mi abuela. Y ahí llegó un nuevo punto de inflexión, porque lo serio y lógico era que me volviera con la familia y dejara de lado la final, pero esta vez mi cabeza no puedo con su lógica, no estaban alrededor mío las ideas de “lo que corresponde hacer en estos casos”, sino que pensé que aquella mujer que cuando ese gordito llegaba todo embarrado de entrenar se ponía a lavar en el patio y con agua fría la ropa del arquero para que al otro día la tuviera lista nuevamente no iba a permitir que faltara justamente a una final para “atajarse todos los goles”. Y una vez en tantos años lo hice, cuando parecía concretado el empate, y la pelota cambiando de rumbo se metía inexorablemente allá abajo al lado del palo, ese que tantas veces creyó la frase “hasta acá llegaste” no se dio por vencido y se tiró de cabeza a meter el manotazo que tirase la pelota al córner. Primero yo, después un compañero y por primera vez en 19 años en primera salía campeón de una Liga. Desobedeciendo a la lógica, obedeciendo a la pasión, oyendo al corazón.
 
No solamente es un lindo relato, ni una catarsis autobiográfica, quien sepa leer entre líneas verá lo peligroso que es hacer jugar a un chico una carrera frustrada por quien lo lleva a hacer deportes. Fijar en el éxito o fracaso del niño mi bienestar o malestar frustra al niño, no lo deja crecer, le genera una casi inexistente tolerancia a la frustración que lo va a acompañar no sólo en el deporte sino en toda su vida. Es altamente positivo que quien acompañe a un nene a atajar o hacer cualquier actividad deportiva tenga por principio ver que el chiquito esté disfrutando lo que hace, sino seguramente hemos perdido un hombre feliz.
En el CEPAF tenemos una ficha en la que le hacemos pregunta los arqueros y una de ellas es por qué está atajando. Uno de los chiquitos, hace ya unos cuantos años puso en ese ítem “porque atajando hago feliz a mi papá”. Estaba más que claro que cuando el papá no fuera feliz, el nene no atajaría más. Y cuando el papá empezó una actividad deportiva como profe, el chiquito dejó el arco y se fue tras la felicidad del padre. Como entrenador evito llevar a los chicos a niveles de exigencia que los puedan frustrar y me tomo el trabajo de preguntarles a cada uno hasta dónde quieren llegar para saber si realmente quiere ser exigido o no. Si lo que quieren es divertirse, me río con ellos, si quieren llegar lejos lo primero que les entreno es la mente, para que realmente crean en lo que me están diciendo y no sean sólo frases lindas de un futuro incierto, porque para el que cree todo es posible.


 
 
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